"Es que todos dicen…" es la señal de que un niño toma prestada una idea sin revisarla. Aquí tienes cómo criar a un niño que piensa con sus propios ojos.
“Es que todos lo dicen.” “Todos lo tienen.” “Todos van.” Cuando un niño repite esa frase, casi siempre significa lo mismo: adoptó una idea sin detenerse a preguntarse si de verdad la cree. Y no es un defecto suyo; seguir al grupo es de lo más natural del mundo. Pero aprender a pensar con cabeza propia es una de las cosas más valiosas que puede llevarse para la vida.
Seguir a la manada es fácil; pensar cuesta un poquito más
Los niños son expertos en imitar; así aprenden a hablar, a jugar, a convivir. El problema aparece cuando ese “hacer lo que hacen todos” se vuelve automático también para las cosas importantes: qué está bien, qué opinar, a quién dejar fuera. El niño deja de mirar con sus propios ojos y mira con los de la mayoría.
Enseñarle a pensar por sí mismo no es enseñarle a llevar la contra ni a desobedecer porque sí. Es ayudarlo a hacerse una pregunta sencilla antes de sumarse: “¿Yo qué pienso de esto?”
Cómo cultivar su propio criterio
- Devuélvele la pregunta. En vez de dar siempre la respuesta, prueba “¿Y a ti qué te parece?” o “¿Por qué crees que es así?”. Pensar se entrena preguntando.
- Cuestiona el ‘todos’ con cariño. “¿De verdad todos, o solo algunos? ¿Y tú qué opinas, más allá de lo que dicen?” Le enseñas a mirar detrás de la frase.
- Permítele estar en desacuerdo contigo. Si en casa puede pensar distinto (con respeto), aprende que tener criterio propio es seguro.
- Valora el porqué, no solo el sí. “Me gusta que hayas pensado por qué lo crees” pesa más que aplaudir la respuesta correcta.
- No lo avergüences por preguntar. El niño que pregunta “¿pero por qué?” está pensando. Alimenta eso en lugar de callarlo.
La llave para esta noche
Como un corderito que un día se anima a preguntarse si de verdad quiere ir a donde va todo el rebaño, tu hijo puede aprender a detenerse y mirar con sus propios ojos antes de seguir a la manada. Esta noche, pregúntale qué piensa él de algo —no qué dicen sus amigos, sino qué cree él— y escúchalo de verdad. Un niño al que se le toma en serio su manera de pensar crece confiando en ella. Y esa cabeza propia lo cuidará toda la vida.